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NUEVA HISTORIA DE ESPAÑA : DE LA II GUERRA PÚNICA AL SIGLO XXI
Título:
NUEVA HISTORIA DE ESPAÑA : DE LA II GUERRA PÚNICA AL SIGLO XXI
Subtítulo:
Autor:
MOA RODRÍGUEZ, PÍO
Editorial:
LA ESFERA DE LOS LIBROS S.L.
Año de edición:
2010
Materia
Historia Universal y de España
ISBN:
978-84-9734-952-9
Páginas:
904
Disponibilidad:
Disponible en 24 horas
29,50 € Comprar

Sinopsis

La historia es una empresa en cierto modo imposible: no sólo todas las actividades humanas tienen su historia, también cada individuo, y en ocasiones una buena biografía nos ilustra sobre un determinado período más que un sesudo estudio general. Ahora bien, las biografías disponibles, y nunca será de otra forma, incluyen a una parte muy mínima de las personas que han vivido; y por bien elaboradas que estén, siempre serán incompletas y discutibles. Además, la inmensa mayoría de de los hechos de la historia quedan sin documentación ni referencia, y al mismo tiempo los documentados son tantos que ningún historiador puede abarcarlos con profundidad. Inevitablemente, incluso cuando tratamos períodos y parcelas muy restringidos de la vida social, hacemos una selección de hechos y personas que, con mayor o menor acierto, con mejor o peor criterio, consideramos representativos. Añadamos que ni el mayor cuidado impide que se «cuelen» datos dudosos o erróneos, un problema menor cuando no abundan.

Obviamente, el problema se multiplica cuando nos empeñamos en un resumen como éste: ¿a qué datos, hechos y personajes atenderemos?, ¿desde qué punto de vista los abordaremos? La elección podría ser muy arbitraria, y a veces lo es, por lo que el autor debe explicar, sea de modo sucinto, su criterio, pues la clave de un resumen se halla precisamente en sus criterios e interpretaciones, cuya lógica debe exponerse. El materialismo histórico, de tipo marxista o no, predomina hoy ampliamente, pero no lo sigo aquí, como explico en la introducción.

Este libro difiere en enfoque y método de la mayoría de las historias de España. Cuando escribí Años de hierro sobre el período 1939-1945, me percaté del defecto, bastante común, de relatar e interpretar los sucesos españoles como si estuviesen aislados del exterior o de reducir la evolución exterior, europea sobre todo, a unos tópicos someros. Las alternativas políticas de España durante la II Guerra Mundial estuvieron ligadas a ésta, al punto de no poder entenderse al margen de ella, por lo que dediqué espacio a exponer la marcha del conflicto exterior y sus relaciones con la evolución hispana. Al enfocar un país concreto, la historia exterior resulta secundaria, casi como un decorado, pero importa que éste sea lo más claro posible.

En esta historia trato de situar la evolución de España en el cuadro de la civilización vagamente llamada occidental y, como referencia muy elemental, de las civilizaciones india, china e islámica, aunque con las primeras España sólo tuviera trato consistente desde el siglo XVI. Pienso que ello tendrá alguna utilidad para el lector común.

Desde la división de Cellarius, acostumbramos en Occidente a hablar de tres, luego de cuatro edades: Antigua, Media, Moderna y Contemporánea, e incluso a aplicarlas difusamente a la historia mundial. Esta clasificación sólo vale para Europa, no para las civilizaciones contemporáneas de la europea ni para las preexistentes, englobadas por las buenas como «Antigüedad». El nombre de la cuarta edad, «Contemporánea», llega al absurdo. Además, la división de Cellarius entraña un tosco finalismo que priva de sustancia a las épocas anteriores al Renacimiento, reduciéndolas a una oscura y deficiente preparación para lo que se ha dado en llamar «modernidad», entendida a menudo como ruptura o alejamiento de las raíces religiosas de Europa. El exceso de compendiar mil años de historia europea como una Edad Media ha forzado a partirla sumariamente en un período «alto» y otro «bajo», lo que a mi juicio no mejora las cosas.

Propongo aquí una división de la historia europea —y por tanto de la española— en cinco edades a las que provisionalmente llamaré de Formación, de Supervivencia, de Asentamiento, de Expansión y de Apogeo. En la primera —que también podría llamarse Grecolatina—, toma forma, desde la II Guerra Púnica, el sustrato cultural y religioso de Europa o, más adecuadamente, el sustrato que la civilización europea haría suyo, pues ni Grecia ni Roma son propiamente europeas ni el cristianismo nace en Europa.

Durante la Edad de Supervivencia, entre la caída de Roma y el año 1000, la cultura europea se desarrolla penosamente, al borde del fracaso, entre invasiones y discordias; también podría llamársela Edad de las Invasiones, o de los Monasterios, o de otros modos que reflejaran claves de la época. La tercera edad, la de Asentamiento (o Afianzamiento, o Consolidación), con el románico, el gótico y el primer Renacimiento, marca un firme empuje europeo una vez superadas las mayores amenazas externas y los rasgos más primitivos de la difícil edad anterior. El afianzamiento cuaja en las universidades, las catedrales, en una estabilidad política precaria, pero suficiente para superar catástrofes como la Peste Negra, y afrontar crisis como la caída de Bizancio y la invasión de la Europa suroriental por los turcos.

Vendría luego la Edad de Expansión a partir del Descubrimiento de América, del Pacífico y de nuevas rutas a regiones de las que antes sólo había en Europa vagas nociones o ninguna. Hasta entonces las grandes civilizaciones habían vivido con escasa o nula relación entre sí, y a partir de ahí la historia empieza a mundializarse. En esa edad, de finales del siglo XV a finales del XVIII, la civilización europea descubre y concibe el mundo como un todo y se expande por él con ímpetu. Los imperios europeos abarcan gran parte del planeta y condicionan al resto. La expansión continuó, intensificada, durante los siglos XIX y XX, pero conviene distinguir entre éstos y los anteriores. Hasta finales del XVIII, la potencia de Europa, pese a su ambición, audacia y logros, no superaba materialmente a otras civilizaciones como la china o la islámica; a partir de esas fechas, la industrialización proporciona a algunas naciones europeas una ventaja incontrastable.

Esta Edad de Apogeo dura cerca de dos siglos, hasta el fin de la II Guerra Mundial, cuando Europa pierde su hegemonía. Desde entonces la historia termina de mundializarse, con lazos entre culturas, civilizaciones y continentes mucho más intensas, directas y rápidas, rivalidades de carácter global, con posibilidad de destrucción de la humanidad, y aceleración nunca antes imaginable de la ciencia y la técnica. Parece demasiado pronto para nombrar esta nueva edad, en la que los acontecimientos de Europa se verán muy condicionados por los del resto del mundo, cuyas perspectivas distan de estar claras.

La historia contiene tantas tendencias, facetas y sucesos simultáneos que privilegiar alguno para definir por él las edades entraña un alto grado de arbitrariedad. La división podría hacerse igualmente desde puntos de vista económicos, religiosos, artísticos y otros, que cambiarían las fechas y los ritmos. Así, si atendemos al cristianismo, podríamos distinguir una Edad de Consolidación, coincidente con la llamada Edad Media; una Edad de Crisis, correspondiente a la Edad Moderna; y una Edad de Retroceso (en Europa, pero no en g